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SOBREVIVIENTES





TAL VEZ, SEGURAMENTE.

Tal vez en 20 o en 50 años, cuando los sobrevivientes vuelvan atraídos por las falsas estrellas del Norte, (dibujadas en la noche del exilio por sus padres), tal vez, cuando esos hijos de los que alcanzaron la cola de cometa de la estampida pisen nuevamente sobre la tierra feraz, ya sin humo; y cuando en los holonoticieros del mundo digan Colombia; esa la sonora palabra, y un niño pregunte a su padre donde queda ese lugar con nombre de galaxia.

Tal vez en ese entonces, cuando el ultimo hueso se haya convertido en raíz o en espiga y millones de cadáveres le den los verdes mas verdes a las hojas y los rojos mas rojos a las flores.

Tal vez en ese instante en que todas las minas, ya oxidadas, sean refugio de insectos y de minúsculos hongos de humedad; Tal vez en ese preciso instante, casi imposible, inimaginable, desembarquen los reinmigrantes, las comisiones de altos comisionados, de científicos juiciosos, y a su lado, antropólogos, violentologos y microbiologos que buscaran con afán - para aislarlos - los genes de la insensatez y de la cobardía, y el gen de la indiferencia.

Entonces, buscaran con verdadero temor y necesidad - para extinguirlos - los gérmenes de la estupidez y de la violencia que crecieron en nuestras casas por siglos infestando hasta el último átomo de la conciencia de los Colombianos.

Esos hombres juiciosos querrán saber cómo, querrán saber porqué; todos los cómos y porqués de la ambición, la estulticia, la indefensa ternura, la infamia atroz, la locura y la torpeza, la infinita miopía y la plural cobardía. Querrán ver de cerca y tocar las huellas y los lugares. Los edificios tendidos bocarriba, con la panza al sol, que ellos solo habrán visto en el insípido formol de las bibliotecas virtuales. Querrán saber que olor traían las tardes en el viento, antes de que el aire tuviese un único rojo olor, a oxido, a hierro liquido que insensatamente busca un corazón entre las ramas y las colinas, para seguir en su necio circuito de vida.

Ese día, con una brocha y sus prejuicios en la mano (así como hacemos hoy nosotros acuclillados sobre a la tumba del indio que se enterró en San Agustín); así también vendrán todos ellos en feliz turbamulta, a buscar bajo las piedras y en los pedazos de papel de los periódicos y las revistas, en los fragmentos de los rollos de película, de los CD y DVD, y en lo que un día fue la programación de la televisión nacional. Buscaran en los jirones de decretos y entre la herrumbre de las vallas publicitarias y sobre las cicatrices de las montañas; buscaran en el esqueleto de insecto de las torres de luz derrumbadas, y en las lenguas quemadas de los computadores, en todas partes; hasta en el sabor a emboscada de esta tierra, buscaran,sí, reconstruir el genoma de la nación: el jurásico gen de la historia atrapado en el ámbar de los medios masivos.

Tal vez entonces sea importante cualquier versión de la realidad, cualquier versión o perversión de esos fragmentos de realidad que se pueden fijar con el alfiler de las palabras. Incluso esta; esta versión no oficial, sin rating y sin encuesta. En imperfecto desorden. Dispersa y fragmentada. Penúltima, al olvido de otras. Parcializada y de dudosa sinceridad: la mía. La mía a cambio de otra cualquiera, con el solo propósito de borrar la unanimidad bochornosa.

Tal vez esa mañana o esa tarde del regreso, los exiliados y los juiciosos científicos encuentren, suerte entre suertes, unidas las letras N y O.
Acaso se pregunten por su significado, y, acercando el oído a las dos letras, escuchen nuestro grito: el grito de los condenados, los abandonados, los impotentes, los parias de este país. Bramido de los que no estuvimos en la fiesta de quince años de la hija del mafioso; los que seguimos acusando; los que ya no aguantamos el tumor de repugnancia en la garganta, cuando leemos los columnistas a tarifa, y vemos a la presentadora de televisión cuando en tiempo real le manosean la carne y la dignidad frente a las cámaras, mientras ella trata de disimular el billete que, imprudente, le brota por el escote.

Escucharan nuestra lenta rabia en ese eternizado grito; el grito de ese ABRAHAM VALDEOMAR que el Allan Poe de los días nos ha condenado a ser, entre los Diomedes y los Vicentes, los Darios, los Asprilla, las Lady Noriegas, los prostiagonistas de novela, los y las de Francisco, los Valencia Cossio y los Obdulio y los Uribe. Entre los enfermos de éxito, los que asesinan de hambre y balas, y aquellos que se vomitan a si mismos fuera del carro, de la casa y del país.



Y entonces los desembarcados, los reinmigrantes, las comisiones de altos comisionados y científicos juiciosos, los antropólogos, los violentologos, todos los que regresen a esta tierra abusada y torturada, podrán acercar su oído a la tierra o escuchar también, en el aire, nuestro “NOOOOOOOOO” de resistencia, nuestro grito que recorre las galaxias y que volverá desde el profundo silencio del espacio, rebotado. Si tambien usted quiere oírlo, ahora, acerque su oído un poco más, un poco más a esta ventana.

Norwell

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